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Parte de un capítulo del libro, donado por el autor a Eventos Astrológicos

 

LOS TEMAS DE QUIRÓN

La Clave de acceso a la Libertad

 

El gran temor asociado a Quirón es el miedo a que algo valioso

para nuestra autorrealización se interrumpa y quedemos atrapados

en el vacío del sinsentido. El drama existencial quironiano nos hace

vivir en dos direcciones contrapuestas. Por un lado percibimos una

situación ideal que podría ser factible de ser vivida y, por otro lado,

la realidad parece indicarnos de que eso es posible para los demás

pero no lo es para mi. Esta terrible percepción -lo que otros pueden

vivir y yo no puedo vivir- no es otra cosa que las consecuencias de

esa primigenia separación entre nosotros y nuestra familia que dió

lugar a un primer esbozo de la conciencia. Esa sensación primera

de tener una conciencia no es más que una provocación para

que el individuo empiece a cuestionar su participación en la trama

del destino, aunque esa provocación no implique una percepción

justa ni de nosotros mismos ni de la realidad que creemos avistar.

 

La conciencia real está por venir. Es todo un trabajo. En realidad

los demás no son más felices que nosotros, ni nosotros somos

más torpes que ellos. Lo que es torpe es el sistema de vida en el

que nos desarrollamos. El mal llamado estado del bienestar es en

realidad el estado del autoengaño y de la ambigüedad. Todo es lujo

aparente mientras la contaminación y la miseria se amontonan en

otro compartimento psicológico que tratamos de mantener fuera

del marco. Cuando las cosas nos van bien perdemos de vista el

dolor, el cual parece situarse fuera de las coordenadas con las que

vemos las cosas y nos percibimos a nosotros mismos. Ubicamos

lo feo, el fracaso y el dolor en las antípodas de lo bonito, del triunfo

y del placer, como si la vida pudiera ser dividida a voluntad.

Una persona con una conciencia más elaborada habrá superado el

engañoso juego del agravio comparativo, en el que los demás son

(aparentemente) más felices, más guapos, o más capacitados que

que se esconde en cada experiencia puntual y concreta.

 

La libertad se fundamenta en la capacidad para crear un nuevo

mundo personal en base a la interpretación que hacemos de las

cosas que vivimos. Una reinterpretación creativa de un acontecimiento

pasado hace que la experiencia vuelva a ser vivida en el

presente y transformada en otra cosa. Quirón nos pide precisamente

esto, que nos liberemos de los acontecimientos concretos

y que pasemos a dar prioridad a lo que podemos interpretar

y extraer de ellos. La posición por Casa, muy especialmente,

nos indica un área doliente que necesita ser revivida para que pueda

ser afrontada e interpretada desde otro ángulo. Cuando la persona

reconoce y valora su propia subjetividad y su propia intuición es

cuando puede percibir la vida como una extensión de su propio

Ser. Los acontecimientos, las relaciones, los fracasos, los accidentes

y los traumas del pasado dejan de ser elementos inamovibles y

pasan a convertirse en experiencias vivas que evolucionan junto

con nosotros. En otras palabras, Quirón nos dice que sea lo que sea

lo que en el pasado nos pudo traumatizar, somos nosotros los únicos

responsables de sostener todavía hoy como fracaso lo que en

el pasado fue experiencia fallida. Lo que ayer fue doloroso puede

convertirse en luz por mor de un trabajo interior.

 

La función simbolizadora permite convertir un suceso externo en

un acontecimiento interno. Los acontecimientos pasados perviven

en nosotros. Sólo cuando nos damos cuenta de que algo que sucede

en el exterior se está convirtiendo en experiencia interior es cuando

podemos ser amos de la situación interpretándola, o reinterpretándola

si se trata de acontecimientos ya pasados. Esta función

la poseemos desde niños, incluso antes de empezar a hablar. Es

más, el lenguaje verbal es el que nos ayuda a ser conscientes de esa

función preexistente. Con el lenguaje verbal transformamos una

experiencia emocional en una experiencia comprensible.

La capacidad de abstracción consiste en percibir las cosas y a

uno mismo como un todo indivisible. Gracias a esta capacidad

podemos percibir qué elementos comunes tiene lo que nos rodea

con nosotros mismos. Esta capacidad también la poseemos desde

niños, e igualmente es a través del lenguaje verbal que la desarrollamos

y tomamos conciencia de ella.

 

El lenguaje es la polea de transmisión entre el mundo de los objetos

y el mundo subjetivo de una persona. Y al mismo tiempo el

lenguaje es también el vertebrador de nuestras relaciones con los

demás. El lenguaje tiene esa doble función.

A diferencia de Mercurio, cuyo papel es relativamente ecléctico, en

Quirón encontramos la llave que vincula las dos dimensiones del

mundo, la externa con la interna: el punto de encaje. No obstante

su símbolo es el de una llave (una O y una K). O, si se prefiere,

el OK que indica que ya encontramos la clave que nos ayudará a

entender el problema. Y es que Quirón aglutina en un solo símbolo

elementos resonantes de Mercurio (código verbal y corporal),

Júpiter (símbolos y creencias), Saturno (percepción de la realidad),

y Urano (interpretación creativa de los sucesos).

El motivo más frecuente de las consultas astrológicas surge de la

posición del Quirón astrológico. Incluso los motivos de fondo de

quienes nos dedicamos a la Astrología radican en nuestro Quirón.

 

Al fin y al cabo, ¿qué es la Astrología si no una herramienta que

nos ayuda a interpretar y a descubrir lo que ya éramos y no sabíamos

conscientemente?. Si la Astrología nos debe servir de algo

será en el descubrimiento de un sentido trascendente en nuestras

sombras, en nuestras frustraciones, en nuestro dolor,….. La Astrología

entonces no es una medicina en sí misma, es un detonante

del autoconocimiento. Y para que el conocimiento sea curativo

debe enriquecernos tanto moral como emocionalmente. Un conocimiento

que no se experimente sensorialmente no puede transformar

la realidad.

 

Quirón es el OK que todos buscamos. Es un OK que reside en

el recuerdo inconsciente de experiencias fallidas, que de vez en

cuando sale al exterior a través de las palabras que pronunciamos

en presencia de un interlocutor. Este interlocutor puede ser una

enfermedad, una duda que necesita ser clarificada y que nos acerca

a otra persona, etc,…. En cualquier caso siempre necesitamos de

los demás. Cada experiencia externa nos invita a clarificarnos y a

reinterpretarnos a nosotros mismos cuando la compartimos con

los demás. Desde esta perspectiva, cada relación se convierte en

terapéutica si es percibida como portavoz de nuestro interior. Si las

relaciones con el mundo fueron las que causaron vacío interior y

provocaron el repliegue de elementos de nuestra personalidad, entonces

volverán a ser las relaciones las que nos ayuden a desplegar

esos mismos elementos. Es la manera de llenar el vacío, de paliar

el daño. Las relaciones con los demás son nuestro cielo y nuestro

infierno, reflejo de la relación que sostenemos con nosotros mismos.

 

La Centaurización

 

En capítulos anteriores habíamos apuntado algo acerca de cómo

un cambio significativo en la relación que un niño tiene con su

madre puede dejar una secuela en forma de vacío o divorcio

sutil entre ambos. Debo decir que este divorcio es absolutamente

necesario para la evolución de ambos. Pediatras, psicólogos

y psicoanalistas establecen como momento inicial de este proceso

el séptimo u octavo mes de vida del bebé. Ese es el momento en

que empieza a percibir que su madre es diferente de él. Este sutil

divorcio emocional representa un pequeño trauma para el niño, al

que sólo una amorosa compensación por parte del sistema familiar

podría hacer que sus derivaciones no lleguen a generar mayores

consecuencias. En caso contrario, el trauma será transferido a otros

ámbitos de la vida futura del niño. Además, esta percepción que el

bebé tiene de su madre coincide con la adquisición de una mayor

autonomía de movimientos por parte de él. Afortunadamente la

acción de la naturaleza permite no cargar en exclusiva sobre las

espaldas de la madre la responsabilidad de esta transición, que de

todos modos resultará más o menos traumática dependiendo de la

amorosidad con que se haga junto con otros factores ambientales

(y cósmicos) que también incidirán directa o indirectamente.

 

Como decíamos, las consecuencias de esta transición serán

transferidas a otros ámbitos de la vida, como cuando lanzamos

una piedra en un estanque en la que la primera onda va transfiriendo

su forma a las ondas sucesivas que se van formando. De esta

manera la primera onda es la que afecta directamente a la relación

del bebé con su madre. Las ondas que se formarán irán afectando

sucesivamente a la relación con otros miembros de la familia, y

de igual manera a su relación con los compañeros del colegio, al

aprovechamiento de sus capacidades escolares, a la confianza en

si mismo,….. y de ahí también a lo que será su ubicación social y a

la soltura con que se maneje en la vida. Por lo tanto, entender la

importancia que tiene este proceso es fundamental para percibir el

fenómeno de la vida que en Astrología llamamos Quirón.

 

Lo que pudo ser una experiencia más o menos chocante, esa percepción

de la diferencia entre bebé y mamá, es posible advertirla en

las contradicciones con las que nos han educado tanto en lo formal

como en lo sentimental. Esas contradicciones nos las encontramos

en todos los ámbitos de la vida y de formas muy variadas. Y es que

esas contradicciones están instaladas en nuestro interior y posiblemente

tienen su matriz en esa primera experiencia separativa, la

cual viene marcada por la relación que tuvimos con nuestra madre

y con el entorno afectivo de aquella etapa. Posteriormente esta relación

se extrapolará a nuestra relación con la sociedad e irá jalonando

todo el proceso de socialización. En efecto, la percepción

de que existen otras personas diferentes a nosotros resultará más o

menos traumática en función de cómo nos haya ido en esa relación

con nuestra madre. Posiblemente, el carácter que imprimimos a la

necesidad de entablar vínculos con los demás quizá guarde relación

con el cómo descubrimos que mamá era diferente de nosotros. Para

un niño percibir eso es como percibir que él es diferente, lo cual

influirá posteriormente en la forma de relacionarse y vincularse a

los demás.

 

Por otro lado, la educación formal puede contribuir a que

se atenúen o acusen las consecuencias de aquélla diferenciación

primigenia. Si aquella diferenciación materno-filial pudo generar

una convulsión interior, esta misma convulsión será también

vivida con similar intensidad en el ámbito escolar, filtrándose

en el rendimiento intelectual y en la forma de relacionarnos

con otros niños.

 

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